El sol salió todas y cada una de las mañanas que siguieron al fin del mundo. No era mentira: el tiempo pasa y añeja los dolores. La indiferencia de los pájaros, que siguieron cantando todos los días después del fin del mundo, poco a poco se convirtió en la alegría de una nueva madrugada sin morir en el intento.

Permítame explayarme con una lista de clichés sobre el tiempo. El primero es que el tiempo pasa. La ciencia de las cosas es muy simple: el tiempo pasa para demostrar que aquello que fue el fin del mundo se puede convertir en un hito, una vieja alegría o un mal recuerdo. Nadie se muere por eso: la gente se muere de otras cosas, de otros dolores, de otros desencantos. Echarle las culpas al amor fue el peor vicio de los románticos.

El sol siguió saliendo porque es indiferente, junto con el resto del universo, ante nuestros míseros y microscópicos dolores. Seguirá saliendo cada mañana hasta que se canse. Hasta que nos llegue el día. Hasta que en serio, como corresponde, todo reviente. Mientras tanto, valdría la pena preguntarnos si nuestros dolores y miedos son tan inmensos como los imaginamos o tan insignificantes como no queremos verlos.

 

Uno de mis cronistas futbolísticos favoritos me invitó a cubrirle cierto partido de semifinales. Yo hice lo que pude.

LDA-CSH.

Saprissa-UCR.

Ahora vivo más y escribo menos. El corazón me cabalga despacio, igual que cuento despacio las gotas de agua que caen sobre mis pies mientras baño a los perros. Yo sé, me digo. En el fondo siempre sabemos. Esperé sin esperanza que el viento llegara al lugar del que se devuelve. Esperar sin esperanza es como caer de rodillas ante la inmensidad del futuro cuando la ansiedad es un momento incontrolable y las mandíbulas duelen de cerrarlas con fuerza para no gritar frente al pasado que no vuelve. Es de mañana y la alfombra pica bajo mis pies. Afuera hace ese mismo sol tormentoso de todos los veranos, que se acerca a lamer las manos cansadas y juguetea con los recuerdos desteñidos de cuando éramos felices juntos. En realidad nada ha cambiado: solo la sensación de que el ahora es más que nunca y todavía no se acaba.

El silencio siempre es cómplice

de lo que pudo ser y no fue.

La inclinación a perder siempre
Se me fue con los años.

Espero a la mujer de mi vida sentada en el rincón de la casa que preparé para leer mil libros.

Cada día le temo más a los aviones. A las calles empinadas. Al paso del tiempo.

Me gusta el frío de diciembre que choca contra las ventanas.

Pasear a los perros. El agua bajo las plantas de los pies.

Cada mañana, cuando el olor a café en la mesa de noche me despierta,

pienso en ella.

Los libros, el rincón, la casa:

la mujer de mi vida viene, se escuchan sus pasos en la antesala.

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Ayer me casé con el hombre al que amo.

Que se queme el mundo.